Ahora y nunca - por Alberto Toscano
Este artículo está escrito por el crítico cultural, teórico social y filósofo Alberto Toscano
En años recientes, las ideas de lo común, el comunismo y la comuna han pasado a ocupar la imaginación política radical, logrando cierta circulación e incluso ganando terreno en lo que podría llamarse la filosofía espontánea o el sentido común de cierto activismo político. Diversos autores y escuelas de pensamiento han dado a estos conceptos inflexiones diferentes y, a veces, inconmensurables; sin embargo, su prominencia y difusión actuales pueden considerarse indicativas de una menor tolerancia hacia un orden social cuyos rendimientos son cada vez más decrecientes y cuyo futuro parece cada vez más sombrío. Pero también registran la carencia, o el rechazo, de una imagen revolucionaria “clásica” de la emancipación que identificaría a los sujetos y mecanismos capaces de transformar este mundo en otro.
Hay un rasgo curioso compartido por muchas ramas dispares, y a menudo mutuamente hostiles, de la teoría anticapitalista contemporánea: las derrotas de época de los movimientos obreros y comunistas son recodificadas como precondiciones o signos de una posible victoria. Ya sea que la desindustrialización se vea como una respuesta a la huida emancipadora del trabajo de la fábrica, o que el colapso de la forma-partido sea saludado como el anuncio de un comunismo verdaderamente genérico y libre de la autoridad burocrática, los partidarios actuales de un comunismo recargado detectan signos de esperanza en las realidades sociales y políticas que empujaron a multitudes a la renegación o a la desesperación. El título de una colección de textos del grupo Tiqqun (2009) –¡Todo ha fallado, viva el comunismo!– podría servir como lema para gran parte del pensamiento en esta línea. En un nivel, no hay nadaparticularmente novedoso en esto: el estancamiento, la traición o el colapso de los socialismos o marxismos oficiales han sido frecuentemente percibidos por comunistas disidentes (consejistas, trotskistas, situacionistas, obreristas, etc.) como la ocasión para restablecer su práctica sobre una plataforma teóricamente firme y políticamente coherente, lejos de los desastrosos compromisos y colusiones que empañaron al mainstream. De hecho, declarar la ajenidad respecto a un verdadero comunismo de las organizaciones hegemónicas en el movimiento obrero y de los estados socialistas fue la raison d’être de muchas de las tradiciones políticas que formaron a los pensadores que hoy continúan proclamándose comunista.