El marxista ecuménico. Cómo Fredric Jameson reconstruyó la totalidad después del estructuralismo

Fredric Jameson en 2011

Por Daniel Tutt

Este texto es una traducción realizada por nuestra compañera Madelyyna Zicqua del texto original en inglés The Ecumenical Marxist, escrito por el filósofo Daniel Tutt, al cual le agradecemos que nos haya cedido el texto para poder publicarlo en el CTPo. 

Es difícil creer que ya han pasado dos años desde que Fredric Jameson falleció. Marqué la ocasión organizando un grupo de estudio sobre su obra maestra El inconsciente político, un texto del que quiero hablar y que considero la intervención más importante de Jameson. Nunca conocí a Jameson en persona ni tuve la oportunidad de tomar un seminario con él, aunque en los últimos meses de su vida lo había presentado, a través de correspondencia por correo electrónico, a la obra del marxista francés Michel Clouscard, y el círculo de Clouscard en Francia le había enviado a Jameson un paquete con sus principales obras. Apenas unos meses después de haberle enviado el trabajo de Clouscard (al que Jameson respondió con gran interés y curiosidad) me enteré de que Jameson había fallecido.

Nunca debe minimizarse el hecho de que Jameson alcanzó prominencia durante un período de profunda transformación política y cultural, y que su ascenso en el mundo académico estuvo moldeado por el anticomunismo de la Guerra Fría. Trabajar abiertamente como marxista en la academia durante ese tiempo significaba aceptar el aislamiento profesional, lo que llevó a la gran mayoría de los académicos de izquierda a conformarse con las modas de un marxismo cada vez más liberalizado. Jameson era, al menos juzgado por sus compromisos prácticos, un marxista de la Nueva Izquierda. No estaba ligado a ningún partido comunista, era en gran medida crítico de la Unión Soviética, y practicaba un llamativo método ecuménico en su obra, definido por una tendencia a incorporar y subsumir discursos que parecen no tener razón alguna para entrar en armonía o síntesis con los métodos marxistas.

En este artículo, quiero argumentar que sería una deducción vulgar afirmar que, debido a su práctica de la Nueva Izquierda, los compromisos marxistas de Jameson eran liberales o meramente académicos. Argumentaré aquí que una vez que seguimos el papel que Jameson trazó para el marxismo en el ámbito más amplio de las humanidades críticas —un campo de estudio que él definitivamente definió y dignificó con un rigor total y un compromiso marxista— veremos que su proyecto merece con razón la atención de los marxistas, especialmente la admiración de aquellos marxistas (me incluyo aquí) que encuentran que el marxismo académico sirve, en el mejor de los casos, como una versión esterilizadora del marxismo, o en el peor, como un oscurecimiento irracionalista del mismo.

Después de todo, debemos señalar que el marxismo de Jameson era lo suficientemente serio como para llevar al novelista de ciencia ficción Philip K. Dick a denunciarlo ante el FBI. La paranoia de Dick estaba impulsada por su temor a que críticos y escritores comunistas como Jameson llegaran a dominar toda opinión sobre la ciencia ficción, lo cual resulta bastante hilarante en retrospectiva porque puede analizarse siguiendo una línea jamesoniana como una ruptura en lo que él acuñó como «cartografía cognitiva». El concepto de cartografía cognitiva de Jameson se refiere a la manera en que la sociedad capitalista se ha fragmentado y parcelado hasta tal punto que el objetivo lukácsiano de la literatura y la estética como intento de aprehender la totalidad se ha vuelto cada vez más imposible. La teoría de la cartografía cognitiva de Jameson cumple así, como muchos de sus conceptos, una doble función: inicialmente describe los límites de la literatura y el arte para capturar las relaciones de la totalidad, pero es un concepto que se extiende más allá de las preocupaciones textuales o meramente académicas. El declive de la cartografía cognitiva nos ayuda a entender por qué las teorías conspirativas se han vuelto tan comunes en el capitalismo tardío. La proliferación del pensamiento conspirativo es un fenómeno compensatorio, una reacción ante la disminución de la capacidad de las personas para conocer la totalidad social en la que viven. ¿Pero no es esto algo paradójico, dado que la globalización parecería producir un orden social altamente interconectado en el que las corporaciones multinacionales, al erosionar las soberanías de los estados-nación y abrir y unificar los mercados, podrían hacer el mundo más homogéneo?

Roberto Calasso, en su exquisita obra The Unnameable Present [El presente innombrable], aborda el problema de la cartografía cognitiva en una larga meditación sobre el turismo y los viajes en el presente. Ofrece una formulación particularmente útil para describir el presente innombrable, a saber, que la «sociedad» se ha convertido en lo que dios es para sus adoradores. El presente innombrable de Calasso está estrechamente relacionado con el declive de la cartografía cognitiva, en tanto que argumenta que cada vez más nuestras experiencias se registran como completamente ajenas a nuestra cognición; nuestras experiencias del mundo ya no ocurren desde el interior a través de la conciencia, un proceso que es discreto y continuo. Él ubica esto en un giro hacia la globalización de maneras similares a la teoría de la cartografía cognitiva de Jameson, y argumenta que en el siglo XX, el control social consistía en el control sobre el pasado y el futuro, mientras que ahora, en el siglo XXI, el control es sobre el presente. Calasso ve el proceso de control social centrado en la manipulación de datos, en la que el Estado ya no es la única fuerza que interviene para gestionar el control social. Ya no experimentamos los eventos como instancias discretas en las que podemos localizar la causalidad. Una respuesta jamesoniana adecuada al presente innombrable y al problema de la cartografía cognitiva sería historizar su emergencia en nuestra cultura, rastrear la relación contradictoria entre las fuerzas y relaciones de producción que dieron lugar a esta intensa fragmentación. El inconsciente político (1981) ofrece un medio para abordar esto.

El marxista ecuménico y el método de Fredric Jameson

Mi primer encuentro con Jameson fue a través de El inconsciente político. Lo encontré una tarde de verano después de trabajar en jardinería. Unas veinte páginas adentro del libro comencé a darme cuenta de que la densa cantidad de referencias de Jameson estaba más allá de lo que yo tenía la capacidad de apreciar plenamente en ese momento. Así que comencé a elaborar una bibliografía de lo que se necesitaría para estar a la altura (la igualdad es aquí también relativa) de este monumental texto. En ese momento tenía apenas unos 20 años, así que no había manera de que pudiera haber comprendido los contornos principales y los puntos de influencia primaria. Podemos identificar lo que se necesita para tener una relación de lectura con la obra maestra de Jameson que esté cerca de ser igual a la ambición del autor (y esta lista puede, sin duda, tener linajes adicionales de pensamiento que no he incluido): las teorías de Lukács sobre el realismo en la literatura, su lectura de Hegel y Marx y especialmente su concepto de reificación de Historia y conciencia de clase; la crítica de Althusser al historicismo y la causalidad histórica de La revolución teórica de Marx y Para leer El Capital; el giro estructuralista y posestructuralista nietzscheano en el pensamiento francés: Barthes, Derrida, Deleuze, Foucault y el concepto de lingüística estructural de Saussure; una sólida comprensión del psicoanálisis lacaniano; el giro marxista de Sartre en la Crítica de la razón dialéctica; la teoría de los géneros literarios de Northrop Frye; la concepción de la utopía de Ernst Bloch y su teoría de la ideología, y las principales corrientes del marxismo del siglo XX en términos más generales.

Si pensabas que esto era todo, por supuesto estarías equivocado, dado que el libro trata sobre cómo entender la hermenéutica de la literatura. Como tal, para comprender plenamente El inconsciente político también deberías estar familiarizado con el canon literario principal del realismo europeo: Balzac, Flaubert, Stendhal, Scott y autores modernistas desde Proust hasta Joyce, especialmente Conrad y Gissing. Estos son los requisitos previos que yo no tenía cuando me encontré con el libro hace unos 20 años. Leer el libro el año pasado y ofrecer una serie de conferencias y debates guiados sobre él fue profundamente enriquecedor, precisamente porque finalmente había llegado a un punto en el que había trabajado los requisitos previos. Finalmente leí a Jameson en lo que se sintió como un campo de juego nivelado.

Al comienzo de este ensayo, planteé el argumento de que el marxismo de Jameson es singular y distintivo, y obtenemos una indicación de ello en las primeras páginas del Prefacio del libro, donde afirma que los métodos marxistas son el «horizonte intrascendible» que «subsume operaciones críticas aparentemente antagónicas o inconmensurables, asignándoles una validez sectorial indudable dentro de sí mismo, y así cancelándolas y preservándolas al mismo tiempo.» Aquí encontramos el corazón del método ecuménico, uno que está abierto a formas aparentemente antagónicas de crítica social, por el cual el marxismo es ese sistema que lidera el camino consumiendo y procesando (cancelando y preservando) a todos sus rivales. Este enfoque se asemeja al compromiso con el método marxista que Jameson aprendió sin duda de su primer maestro real, Jean-Paul Sartre, quien argumentó que el marxismo sigue siendo el sistema de pensamiento insuperable que no puede ser trascendido. Esto en un momento en que la mayoría de los académicos angloamericanos estaban más seducidos por la sugerencia de Foucault de que el marxismo es como un pez fuera del agua cuando abandona el siglo XIX.

Una solución al problema de la causalidad histórica mecanicista e individualista

La enorme densidad y novedad de El inconsciente político significa que puede ser analizado de numerosas maneras: desde la lectura original de Conrad como figura pivotal del modernismo, que le permite a Jameson desarrollar una serie de conceptos interesantes para describir cómo Conrad retrata una sociedad cada vez más agobiada por el imperialismo y cómo esto afecta la capacidad del autor para describir o dar sentido a la situación total de un sistema mundial imperialista, hasta el enfoque en la lectura de Jameson sobre el realismo y el fin del realismo.

Si tuviera que identificar el problema central de Jameson en El inconsciente político, lo caracterizaría así: el capitalismo tardío ha reificado el realismo y con ello ha provocado que el romance como género vuelva a primer plano, porque la narrativa es ahora heterogénea: la libertad está desvinculada del principio de realidad. El principio de realidad es ahora opresivo, la representación realista se encuentra en una «situación de rehén». El conjunto de lo social no puede ser aprehendido a partir de la causa de una estructura dada, ya que eso caería en el error de la causalidad mecanicista, en la que la verdad del mundo se corresponde con una narrativa más profunda y fundamental. Una vez que asumimos esta forma de significado, debemos dar cuenta de cómo esta forma de causalidad histórica hace aparecer lo «político» en un texto dado. Lo político, a raíz de Freud y Lacan, es lo que está reprimido en el texto, es decir, lo que está oculto en él. Relacionado con este problema de llegar a lo político, Jameson se pregunta cómo podemos alcanzar un significado más elevado del texto a la luz de los teóricos franceses (Derrida, Foucault, Baudrillard, etc.) que han formulado un método antidialéctico opuesto al significado y la interpretación. Jameson aboga por un método revitalizado de análisis literario que no anule todo significado, como insisten los posestructuralistas, sino que exija un nuevo modelo «hermenéutico antitrascendente». La tarea del libro es, por tanto, descubrir esta hermenéutica antitrascendente, una que restaure la superficie del texto sin renunciar a nuestros compromisos con la historia y el significado.

Ahora bien, si eso fue demasiado compacto, analicemos cómo Jameson aborda el problema de la causalidad histórica para mostrar cómo funciona su método ecuménico. Debemos comenzar con dos términos: lo social y lo histórico, antes de llegar a lo político. Lo «social» es definido por Jameson como la lucha diacrónica entre clases sociales tal como aparece en el contexto del texto; lo «histórico» es la secuencia de modos de producción y formaciones sociales y, por tanto, lo histórico abre el problema de la causalidad y de cómo entendemos el «todo» o la «totalidad» de la sociedad; en efecto, lo histórico plantea un metaproblema de significado. Si localizamos la verdad histórica del mundo social de un texto dado —digamos, la novela realista Rojo y negro de Stendhal o Ilusiones perdidas de Balzac—, algo de lo «histórico» se nos muestra en estos textos en tanto que existe una unidad entre lo social (los antagonismos de clase de los personajes) y lo histórico (cómo las relaciones de clase están determinadas y moldeadas por las formaciones sociales y los modos de producción en los que transcurre la novela). Pero esto no ofrece una respuesta inmediatamente clara sobre qué es lo «político».

Aquí reside el movimiento de Jameson para incorporar la famosa distinción de Althusser entre tres formas de causalidad, que nos ayuda a llegar al medio apropiado para comprender el significado de un texto dado. La primera forma de causalidad es la causalidad mecanicista, en la que las partes pueden simplemente deducirse de una causa externa. El ejemplo clásico es el modelo base-superestructura, en el que la cultura simplemente refleja los cambios en la base económica. Es importante señalar que Jameson nunca descarta la causalidad mecanicista por completo, porque hay situaciones en las que los cambios en la economía política alteran la producción literaria de maneras directas. La comercialización de la industria editorial, por ejemplo, transforma los tipos de novelas que llegan a ser posibles.

El segundo modelo es lo que él denomina «causalidad expresiva», heredada de Hegel. Aquí cada particular expresa una esencia subyacente. Cada personaje literario, institución o acontecimiento histórico se convierte en una expresión del todo. La teoría del realismo de Lukács frecuentemente se mueve en esta dirección, en tanto que el personaje literario se convierte en un tipo social y la novela en sí misma funciona como una alegoría de la sociedad. La historia se vuelve legible porque cada parte refleja la totalidad de la que emerge. La concepción de Lucien Goldmann sobre la cosmovisión de clase en El dios oculto es criticada por Jameson —erróneamente, diría yo— como un ejemplo de causalidad expresiva, en tanto que el ser de clase del proletariado y la burguesía están determinados por homología con una esencia interior y no por mediación. Esta puede ser la única área del texto en la que encuentro que la lectura de Jameson sobre la causalidad expresiva es defectuosa, porque creo que pasa por alto la lógica del estructuralismo genético de Goldmann. Pero dejando eso de lado por ahora, lo que la causalidad expresiva postula es que el individuo es capaz de expresar la lógica del todo, es decir, que el todo es reducible a una esencia interior. Aquí reside el problema de Jameson con la causalidad expresiva: postula una narrativa oculta más profunda, lo que significa que se apoya en la alegoría como narrativa subyacente y más fundamental. Esto conduce a una historia providencial como la que encontramos en algunas lecturas hegelianas de la historia, y produce una teleología de la historia en la que ciertas partes esenciales se postulan como intrascendibles.

La síntesis imposible de Jameson

Las deficiencias de la causalidad expresiva quedan compensadas en la teoría de la causalidad estructural de Althusser, la tercera forma de causalidad histórica tras la mecanicista y la expresiva. Esta postula que no hay ninguna esencia oculta detrás de las apariencias esperando ser descubierta. La sociedad no posee ningún centro secreto desde el cual todo irradia. Todas las causas son, por tanto, ausentes, o dicho de otra manera, las causas solo existen a través de las relaciones que organizan. Para Althusser, esto destruye todo intento de leer la historia como una alegoría. Jameson acepta esta crítica, pero se niega a abandonar a Lukács. Este es el notable movimiento ecuménico que realiza: en lugar de elegir entre causalidad expresiva y causalidad estructural, Jameson pregunta cómo la mediación misma podría sobrevivir después de la crítica de Althusser. La causalidad estructural sigue requiriendo mediación porque todo fenómeno social debe ser traducido a través de múltiples niveles de determinación. La vida familiar no puede explicarse únicamente a través de la psicología, ni tampoco puede reducirse a la economía. La familia existe en la intersección de instituciones, relaciones de clase, ideología, sexualidad, derecho e innumerables otras determinaciones. Como tal, ningún fenómeno singular expresa alguna esencia social oculta. Sin embargo, tampoco existe ningún fenómeno de manera independiente.

El resultado es una síntesis del expresivismo hegeliano con el formalismo althusseriano. Es una teoría de la mediación histórica capaz de preservar la ambición marxista de pensar la sociedad como un todo sin imaginar ese todo como una sustancia subyacente. Esto nos lleva directamente a la concepción de Jameson sobre la totalidad. Si Lukács argumentó célebremente que la diferencia decisiva entre el marxismo y el pensamiento burgués no reside en la prioridad de la economía sino en el punto de vista de la totalidad, los críticos con demasiada frecuencia asumen que la totalidad se refiere a un sistema completado en el que toda contradicción queda finalmente resuelta. Otros imaginan que nombra algún impulso filosófico autoritario de reducir la diversidad a la unidad.

Jameson rechaza ambas interpretaciones. Apoyándose ampliamente en la Crítica de la razón dialéctica de Sartre, insiste en que la totalización es una actividad más que un hecho consumado. La totalidad nunca está presente ante nosotros como un objeto. Existe solo como un movimiento inacabado del pensamiento. La totalidad no es una unidad orgánica en la que cada parte expresa armoniosamente una esencia central, ni tampoco es un sistema mecánico compuesto de piezas aisladas. Jameson describe en cambio la totalidad como producida a través de actos de interpretación que continuamente intentan reconstruir las relaciones entre experiencias de otro modo fragmentadas.

Por eso El inconsciente político sigue siendo un libro tan notable, precisamente en la manera en que Jameson rescata la totalidad tanto de sus defensores como de sus críticos. Lo hace tanto en contra como con el recurso del posestructuralismo. Lo que Jameson muestra es que en todo rechazo de la totalización se produce otra totalización, es decir, incluso la celebración de los fragmentos requiere una imagen del todo social contra la cual la fragmentación adquiere significado. La ironía del posmodernismo, por supuesto, es que al rechazar los metarrelatos, ese rechazo se convierte en su propio metarrelato.

Sin embargo, frente al marxismo mecanicista, Jameson insiste en que la totalidad misma nunca puede convertirse en objeto de representación directa. Todo intento de producir una imagen orgánica de la sociedad corre en última instancia el riesgo de volverse ideológico, y es por eso que la «lectura sintomática» althusseriana sigue siendo indispensable, porque toda unidad aparente oculta lo que excluye. La dialéctica se convierte por tanto en un movimiento continuo entre totalización y síntoma.

La deuda más profunda de Jameson es tanto con Lukács como con Althusser. Se niega a elegir entre la totalidad histórica y la determinación estructural, y en cambio transforma cada una a través de la otra. Nuestra cultura intelectual recompensa la especialización y los campos teóricos. Heredamos tradiciones defendiéndolas frente a tradiciones rivales. Jameson heredó tradiciones forzándolas a una conversación ecuménica que situaba al marxismo como la última palabra al final del movimiento de la crítica. Su método nunca fue la reconciliación por sí misma. Era la convicción de que el capitalismo mismo es demasiado complejo para ser aprehendido desde una única perspectiva teórica.

Eso es lo que lo convirtió en un marxista ecuménico.

Sobre el autor: 

Daniel Tutt es un filósofo especializado en teoría psicoanalítica y pensamiento marxista. Es autor de *Psicoanálisis y la política de la familia: La crisis de la iniciación* (publicado por Palgrave Lacan Series) y *Cómo leer como un parásito: Por qué la izquierda se entusiasmó con Nietzsche* (publicado por Repeater Books). Ha impartido clases de filosofía en la Universidad George Washington, la Universidad Marymount y la cárcel de Washington D. C.