Necroesfera y necropolítica: pensar el futuro en tiempos de extinción
Este artículo escrito por la antropóloga Noemí Villaverde y los sociólogos Jose Bobadilla y Álvaro Soler, pone diferentes perspectivas sobre el colapso en diálogo; desde una visión ecologista ligada al decrecentismo, hasta una aproximación de los estudios cibernéticos que ven en dichas tecnologías una realidad para enfrentar a la crisis climática y trascender hacia el comunismo.
«La necrosfera» – Noemí Villaverde.
A Enric Sala, aún siendo biólogo y ecólogo, le sorprendió la respuesta. La necrosfera, la esfera de lo muerto. Eso que está al otro lado de la esfera de la vida. De nekrós y sphaîra: la esfera planetaria de lo muerto. La pregunta de Enric Sala a su distinguido profesor fue simple, como lo son las mejores preguntas: ¿Cómo es que el ser humano llegó a ser un depredador tan poderoso?
Más allá de las hojas que caen en otoño y cubren el suelo del bosque, o la ballena que muere y se hunde en las profundidades del mar, o los carroñeros, los hongos y los animales que se alimentan de desechos y reciclan enseguida la materia… Existe una necrosfera antigua, muy antigua, que no llega ni siquiera a descomponerse. Millones de toneladas que el Sol coció y guardó durante 300 millones de años. Cientos de millones de energía solar que organismos vegetales introdujeron en la esfera de la vida, la biosfera, mediante la fotosíntesis, para después quedar bajo el felpudo. Materia muerta a tal profundidad, sufriendo tantísimo calor y presión, que acabó por transformarse en carbón, gas natural o petróleo. Y esto el Sol no regenera, al menos no al ritmo al que lo hace con la biosfera. Los seres humanos anhelamos tanto esa muerte, tanto tantito, que cada año quemamos dos millones de ese trabajo que nos fue regalado. Y cada vez más rebañamos ese plato, hasta las migajas. Porque al capitalismo le interesa hasta lo que está en los bajos fondos. Como un virus, saca de lo muerto lo vital para replicarse, como escribía la antropóloga Elizabeth Povinelli (Geontologies. A requiem to late liberalism).
Y aquí está el truco. Solo los seres humanos hemos aprendido a explotar esta esfera para volver a obtener esa energía, la de la necrosfera antigua, la que nos ha permitido salirnos del ciclo de depredadores y presas. Así, sobreexplotamos el presente utilizando la energía del pasado. La Tierra se ha convertido en una enorme mina para que unos animales humanos puedan crear sus nichos, unos ecosistemas artificiales (ciudades) que consumen más energía de la que producen. Humanos que producen al margen de cualquier conciliación y proyecto vital. Y aquí entra dentro mucha gente que trabajamos profesionalmente no en la producción, sino en la reproducción, en el sostenimiento de la vida, con turnos de hasta 12 horas…
Bueno, ¿y qué? Te preguntarás. ¿Qué más da si seguimos esquilmando esta esfera de la muerte, si ya está muerta, si era «Terra nullius»?
Pues Thanatia. Es en griego la personificación de la muerte no violenta. La ingeniera química Alicia Valero utiliza ese nombre para describir un posible estado de la Tierra, muy a largo plazo, donde ya no queden minerales ni combustibles fósiles, ni suelos fértiles, y todo el CO2 esté liberado en la atmósfera. Y esto puede darse porque nuestro sistema económico es tan frágil que se sostiene del crecimiento perpetuo.
El crecimiento en la naturaleza es bueno. Que tu sobrino crezca es bueno, pero si es algo perpetuo, no. Como todo, en su justa medida. El planeta tierra sabe qué hacer con el crecimiento. Los organismos crecen hasta un punto de madurez para luego mantener un estado de equilibrio saludable. Es la homoestasis.
Y es que tu planeta Tierra recicla todos los materiales con tasas cercanas al 99% mientras siga brillando el sol, para mantener el equilibrio, su integridad. Y cuando se produce una proliferación de un organismo por un exceso de recursos, al final la población se ajusta por un proceso de autorregulación: una mortandad masiva. Ya sea una marabunta o una plaga de humanos. «Primatemaia disseminata» llamó a esta última el médico ambientalista James Lovelock. No es una extinción, pero sí una reducción de la especie a unos niveles aceptables, hasta llegar a un equilibrio con el medio.
La otra alternativa en la que discurrimos los humanos es una radical desigualdad en la prosperidad material.
Porque los seres humanos somos vulnerables, al fin y al cabo. En los últimos veinte años hemos consumido tanto cobre como lo extraído desde el 1900. En realidad, el peligro no está en que nuestro planeta Tierra se quede sin materia prima, sino que a las empresas mineras no les salga las cuentas (ese inventa humano tan simbólico que se llama dinero). Un vehículo eléctrico prácticamente tiene toda la tabla periódica en sus piezas. Hay que cambiar el modo de consumir, algo muy difícil. Extraer todo lo que deseamos va a costar exponencialmente más energía y no tenemos la capacidad ni los medios técnicos ni económicos para volver a concentrarlo.
El historiador de la ciencia Jean-Baptiste Fressoz advierte en su libro «Sin transición» que «el imperativo climático no exige una nueva transición energética, sino que nos exige realizar voluntariamente una enorme autoamputación energética: eliminar la cuota de energía mundial —más de tres cuartas partes— procedente de combustibles fósiles en cuatro décadas.»
El problema es que en lugar de niveles de consumo y distribución de materiales, seguimos hablando de coches eléctricos, aviones propulsados por hidrógeno y de la Inteligencia Artificial. Pero ni siquiera se ha acabado la energía de la biosfera, de la madera. La dendroenergía sigue desde el auge del carbón vegetal en África en 1960, la triplicación del carbón a nivel mundial desde 1980… y continuará.
«Lo que hay que replantearse es si realmente podemos seguir con este modelo de crecimiento ilimitado.» Hasta entonces, el modelo de procrastinación se llama «transición energética». «Gracias a la transición, el capital se encuentra en el lado correcto de la lucha contra el cambio climático», advierte Fressoz.
Pero no se está produciendo ninguna transición energética, sino sencillamente una mera acumulación de todos los medios de producción de energía disponible.
La verdadera transición energética va mucho más allá de esto. Tal como escribe en su último libro el físico Antonio Turiel (El futuro de Europa): «El consumo de todas las fuentes de energía sigue creciendo, y solo veremos una disminución de los combustibles fósiles por su agotamiento geológico, no por una deliberada y planificada sustitución. Por eso el año 2022 vimos una fuerte Crisis Energética, con precios disparados de los combustibles, de la electricidad y del gas, sin que las renovables pudieran hacer nada por evitarlo.»
Como animales políticos conscientes, como ningún otro animal puede, somos capaces de viajar mentalmente a través del tiempo entre el pasado y el futuro, y preguntarnos ¿Qué futuro queremos? Una sociedad como un gigantesco motor de producción y destrucción en el que la única actividad humana significativa sea fabricar cosas o participar en actos de destrucción ceremonial. Algo que es obviamente insostenible… O esa sociedad real, lo que la mayoría de las personas hacemos en realidad: cuidado, redistribución, compartir historias, replantearse el futuro… Tal y como escribió el antropólogo David Graeber: «Para la mayoría de los seres humanos, incluso ahora, las actividades más placenteras casi usualmente involucran compartir algo: música, comida, licor, drogas, chismes, teatro, cama. Por tanto, existe un cierto comunismo de los sentidos en la raíz de la mayoría de las cosas que consideramos divertidas». (The Human Economy: A Citizen’s Guide.)
Necroesfera, necropolítica y cibernética – Álvaro Soler
Este destino entrópico inevitable nos lanza hacia una necesidad, reforzadamente ineludible. El animal humano se relaciona como ningún otro, al menos en intensidad modificadora, con su medio material. Desde dicha posición no podemos huir de lo que párrafos arriba se nos describe, aunque puedan proponerse diferente enfoques y opiniones sobre cual debe ser el abordaje de esta crisis socioambiental. Sin embargo, resulta irrefutable indicar que las personas construyen socialmente el modelo productivo y existencial por el cual se relacionan y sobreviven. Por tanto somos, aunque sea un poco más que otros animales, dueños de nuestro destino.
Lo descrito nos lanza hacia un campo semántico fácilmente reconocible, el libre albedrío. Pero ese albedrío ¿es libre realmente? En la actualidad, cuando nos vemos sometidas a un cierre ideológico y cultural como antes nunca, al menos en el capitalismo, habíamos vivido, el libre albedrío se torna lejano. Sin embargo, como bien nos recuerda Deleuze: «ser digno de lo que nos ocurre, esto es, quererlo y desprender de ahí el acontecimiento, hacerse hijo de sus propios acontecimientos y, con ello, renacer, volverse a dar un nacimiento, romper con su nacimiento de carne. Hijo de sus acontecimientos y no de sus obras, porque la misma obra no es producida, sino por el hilo del acontecimiento» (Guilles Deleuze, Lógica del sentido, Barcelona, Paidós, 1994, p. 158).
Como el polémico Deleuze argumenta, el capitalismo no es un ente foráneo, aunque así lo percibamos, no es una deidad autómata, aunque así sus inercias muchas veces se nos muestren. El capitalismo es un sistema social producido y reproducido por unas relaciones sociales determinadas en un tiempo histórico concreto. ¿Qué conclusión podemos sacar al respecto? Que el capitalismo no es la realidad inmutable, como bien el realismo capitalista nos hace percibir, que puede, debe y cambiará. La cuestión es ¿hacia dónde? Por desgracia, las posiciones cibercapitalistas ya están contestando a dicha cuestión. Su alternativa no es otra que el fascismo.
La necroesfera que antes se describía, esa esfera de lo muerto, quizá sea más difusa de lo que pensamos cuando nos adentramos en el plano subjetivo-cultural. Los estudios sobre la cibernética, aquella disciplina que se fortalece irremediablemente en la segunda mitad del siglo XX, y que se centra en los procesos comunicativos entre humanos y máquinas, es decir, entre lo vivo y lo muerto, perseguía, entre muchos otros objetivos, la singularidad comunicativa entre estas dos esferas. Pero como siempre, en el seno de lo sociológico, la mayoría de procesos no son “malignos” de por sí, más bien son potencialmente utilizables para fines diversos.
La necroesfera y la necropolítica (Mbembe, 2003) se entrelazan con esta promesa ambigua de la singularidad comunicativa, donde lo vivo y lo muerto se comunican sin mediaciones. Pero en la práctica, lo que emerge no es una simbiosis emancipadora, sino una captura tecnopolítica de la vida misma para continuar perpetuando el capitalismo del colapso.
De esta manera, el fascismo cibernético se va consolidando como una bisagra entre la necroesfera y la política. Este nuevo paradigma, en muchas ocasiones ni siquiera utiliza la violencia visible de los regímenes fascistas totalitarios (aunque no está exenta de ella ni mucho menos, Gaza es un ejemplo claro), sino la colonización ideológica y algorítmica que penetra en los circuitos comunicativos de las sociedades digitales a través de las redes sociales.
La necropolítica se reconfigura así en clave cibernética: no se trata solo de decidir quién vive o muere, sino de determinar qué formas de vida merecen circular, ser vistas o ser oídas en el espacio digital. La necroesfera, es esa esfera de lo muerto que sigue operando, que se convierte en la matriz del nuevo control social, donde la comunicación misma es el panóptico de dominación más potente.
Terrenos semióticos en la necroesfera: deseo y producción postcapitalista – Jose Manuel Bobadilla
Ser el animal humano que somos implica, antropológicamente, centrarnos en la siguiente cuestión de lo que el grupo de Unidad de Investigación de la Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) llamó: los “terrenos semióticos consistentes que condicionan las respuestas perceptivas, afectivas y conductuales” (Escritos 1997-2003 CCRU, Materia Oscura, 2020 p. 61). Hablamos, comunicamos y, sobre todo, construimos sentido y deseo.
La cultura, entendida como un macro terreno semiótico de sentido y deseo, condiciona nuestra forma de ser y habitar el planeta, una forma que en la actualidad sigue producida y reproducida por el terreno semiótico del cibercapitalismo. No hay materia, solo datos. No hay subjetividades no-humanas, solo objetos de los que disponer y, por supuesto, no hay personas, únicamente cuerpos deshumanizados que rentabilizar económicamente. Las vidas quedan así significadas y transformadas en recursos económicos e imbuidos dentro de las transacciones mercantiles: ese es el lenguaje del Capital, el terreno semiótico que habitamos.
Un terreno semiótico donde el sentido y el deseo están estructurados desde el virus de la economía neoliberal que ambiciona tanto la vivo como lo muerto. Nada escapa a su deseo parasitario. El Capital, ese vampiro del que habló Karl Marx (Marx, 2017), ya no extiende su sombra exclusivamente por el terreno de lo orgánico e inorgánico, sino también por el digital. La necroesfera digitalizada y comercializada desde inteligencias artificiales y softwares programados por el lenguaje algorítmico del fascismo cibernético: genera recomendaciones automatizadas para la producción de potenciales objetivos. Producción de muerte desde la fagocitación de lo cibernético.
No obstante, ¿podemos pensar más allá del terreno semiótico cibercapitalista? Somos materia orgánica y anorgánica: cuerpos constituidos por lo biológico, lo social y lo tecnológico. Donna Haraway habló de su cyborg como esa realidad que deviene desde lo simpoiético, es decir, desde la evolución colectiva a la que debemos integrar lo cibernético a partir de una ética posthumana, postcapitalista, postescasez y postindustrial. En la misma línea, las xenofeministas como Helen Hester hablan del “tecnomaterialismo” como la oportunidad material y política de pensar lo cibernético como una herramienta para el activismo desde otros terrenos semióticos.
Cuidado, ayuda muta, solidaridad interespecie, colectivismo, automatización de lo común o la desmercantilización de la vida son terrenos semióticos que podemos habitar y desear desde la materialidad actual. Retornando a Haraway: “pensar-con, generar-con y devenir-con” el resto de ecosistemas y subjetividades no-humanas en y desde lo cibernético.
En este sentido, lo humano no se presenta como lo que el capitalismo naturaliza: competitividad, lucha, individualismo y egoísmo. Tampoco lo es el cuidado, la ayuda mutua o la solidaridad. Lo humano es aquello que llegamos a devenir navegando en los terrenos semióticos (por tanto que construimos socialmente). Sin embargo, todo terreno semiótico es vivencial y experiencial y son esas experiencias -materiales e inmateriales- las que condicionan nuestra forma de desear la realidad.
Nos encontramos atrapadas entre la experiencia distópica y la experiencia utópica en este horizonte donde la singularidad comunicativa podría ser tanto la culminación de una utopía comunista de interconexión total, como la cristalización de un necrocapitalismo ciberfascista de sometimiento al cableado totalitario, maquínico, jerárquico y de automatización necroalgorítmica.
Podemos y debemos salir de los terrenos semióticos del cibercapitalismo. Lo humano está abierto a otras experiencias donde lo cibernético no sea aterrador, impositivo y sinónimo de muerte, sino emancipador, autogenerado colectivamente y sinónimo de vida. Desear diferente para producir diferente, ese es el reto al que nos enfrentamos las clases trabajadoras y oprimidas en tiempos de la cibernética.
Bibliografía:
Braidotti, R. (2015). Lo posthumano. Barcelona: Gedisa.
CCRÚ. (2020). Escritos 1997–2003. Materia Oscura.
Deleuze, G. (1994). Lógica del sentido. Barcelona: Paidós.
Fressoz, J.-B. (2025). Sin transición: Una nueva historia de la energía.
Graeber, D. (2010). Communism. En K. Hart, J. L. Laville & A. D. Cattani (Eds.), The Human Economy: A Citizen’s Guide.
Haraway, D. J. (1991). Manifiesto para cyborgs: ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX. En Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza (pp. 251–311). Madrid: Cátedra.
Haraway, D. J. (2019). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno. Bilbao: Consonni.
Hester, H. (2021). Xenofeminismo. Buenos Aires: Caja Negra Editora.
Marx, K. (1867/2017). El capital: Crítica de la economía política. Tomo I (Trad. Pedro Scaron). México: Siglo XXI Editores.
Mbembe, A. (2003). “Necropolitics”, Public Culture, 15(1), 11–40.
Povinelli, E. (2016). Geontologies: A Requiem to Late Liberalism.
Sala, E. (2022). La naturaleza de la naturaleza: Por qué la necesitamos.
Turiel, A. (2024). El futuro de Europa: Cómo decrecer para una reindustrialización urgente.
Valero Delgado, A., Valero, A., & Calvo, G. (2021). Thanatia: Límites materiales de la transición energética.