El Futuro a nuestras espaldas: una crítica temporal del realismo capitalista
Por Jose Bobadilla y Álvaro Soler
Este texto forma parte de un diálogo teórico alrededor del concepto de temporalidad bajo el capitalismo actual con les compañeres de no.investigues.
Pasado, presente y futuro. Un realismo temporal basado en el devenir del tiempo que siempre va hacia adelante. Caminamos sobre una flecha que apunta hacia el futuro; sin embargo, este futuro no es incierto ni desconocido, sino extraño y familiar.
Una extrañeza dado su contenido cibernético: inteligencia artificial, automatización, robótica, ciborgs, asistentes virtuales, edición genética, contenido sintético; y una familiaridad que proviene de un código neoliberal y capitalista con el que ese futuro ha sido escrito.
La flecha no se detendrá y alcanzaremos ese futuro queramos o no. Este es el poder del realismo temporal mezclado con el realismo capitalista y el capitalismo ciencia-ficción. ¿Por qué no podemos imaginar el fin del capitalismo? Porque este viaja más rápido que el tiempo, situándose en el futuro. Siempre está delante de nosotres haciéndonos pensar y sentir que hay algo de natural e inevitable en este sistema.
Pasado: mercantilizado. Futuro: apropiado y diseñado. Presente: condenado a la melancolía y el miedo a ese futuro extraño y familiar.
Aun así, ¿podemos imaginar el fin del capitalismo y su versión cibercapitalista?, ¿qué ocurre si salimos del Universal temporal pasado, presente y futuro y lo observamos, por ejemplo, desde un local de los pueblos andinos de futuro, presente y pasado?
Úrsula K. Le Guin, en unas conferencias realizadas en 1985, presentó un pequeño texto titulado La ciencia-ficción y el futuro, donde aborda esta cuestión del tiempo. En dicha ponencia, la autora explica cómo los pueblos andinos percibían el tiempo de manera diferente, no desde una lógica de acción y progreso de pasado, presente y futuro, sino desde una lógica de conciencia y percepción ordenada de la siguiente manera: futuro, presente y pasado.
“Ellos [los pueblos andinos] entienden que, en tanto que el pasado es aquello que ya conoces, es posible verlo: el pasado está frente a ti, delante de tus narices. Se trata de un modo de percepción más que de acción; de conciencia más que de progreso. Y, como son tan lógicos como nosotros, para ellos ocurre lo contrario con el futuro: el futuro yacería detrás, a tus espaldas, o sobre tu hombro. El futuro es lo que no puedes ver, salvo que te gires y logres mirarlo fugazmente (y al hacerlo, podrías desear no haberlo hecho, porque has vislumbrado lo que se te acerca sigilosamente desde atrás)” (Le Guin, 1985).
Este local de los pueblos andinos funciona como cuestionamiento al Universal temporal, señalando lo siguiente: aunque el tiempo sea una percepción, su estructuración es cultural. El realismo temporal que estructura la cosmovisión de casi todo el globo nos presenta ese futuro como inevitable. Ahora, ¿qué ocurre si el futuro es algo que realmente está a nuestras espaldas y no podemos verlo?, ¿qué implicaciones tiene eso en el agenciamiento colectivo?, ¿sirve este local temporal para hackear el código del cibercapitalismo que parece inevitable?
Lo familiar es el pasado que yace frente a nuestros cuerpos, lo extraño es ese futuro cibernético que miramos rápido si nos giramos, y el presente es el momento para la política de la emancipación y el activismo que pueda confrontar al código cultural del cibercapitalismo.
Los postcapitalismos, desde la crítica local temporal, aceptan que el futuro sí es incierto y desconocido, pues aquello que deseamos: la sociedad sin clases, postescasez, postrabajo, desmercantilizada y donde las ciencias y tecnologías cibernéticas estén al servicio de la emancipación del yugo del cibercapitalismo y en favor de las clases trabajadoras, oprimidas y toda otra subjetividad no humana, es algo que sabemos que aún no es real, pero eso no impide que podamos desearlo y organizarnos para conseguirlo.
Lo incierto y lo desconocido están a nuestras espaldas, en la materialidad que habitamos, en todas las ciencias y tecnologías que han de ser reapropiadas y reorientadas hacia futuros postcapitalistas, sin olvidar la crítica al pasado que tenemos delante.
Futuro: posibilidad de emancipación y reapropiación cibernética. Pasado: lo que debíamos haber aprendido. Presente: necesidad de agenciamiento colectivo postcapitalista.
En consecuencia, lo local temporal no permite la mercantilización y consumo constante del pasado desde la melancolía, y nos advierte que no todo pasado fue mejor. Es la crítica constante a los imaginarios pasados con los que el capitalismo ciencia-ficción escribe ese futuro inevitable: fascismo, blanquitud, heteronormatividad, patriarcado, privatización burguesa, militarización de fronteras, repatriaciones, genocidios, guerras.
Un código de futuro que reviste todo, mostrándote un mundo donde lo cibernético seguirá atado a los intereses de las clases capitalistas. Ese es el futuro del realismo temporal que impone el capitalismo, un futuro inevitable cuyo leitmotiv viene directamente del pasado. En contraposición, lo local temporal mira críticamente el pasado buscando, en el presente, maneras comunes y postcapitalistas de habitar lo incierto y lo desconocido que están a nuestras espaldas.
Sobre la necesidad de encontrar un afuera a la cárcel de posibilidad que el capital nos sometía, Mark Fisher escribió un interesante ensayo llamado Lo raro y lo espeluznante. En este libro, Fisher repasa aquello que puede situarnos en el exterior de un sistema totalizante como el capitalismo. No es de extrañar que, a través de los análisis culturales del breve ensayo, Fisher se traslade claramente a formas góticas y extrañas, como son el terror lovecraftiano o el cine de David Lynch. Formas que rompen con nuestra percepción del tiempo como un continuo biológico y darwinista. ¿Por qué hablar en estos términos? Porque el capitalismo genera una doble trampa en cuanto a su dominio.
Por un lado, se apropia de los medios de producción, subsistencia y reproducción de la vida de las personas, e incluso de los ecosistemas a través de la violencia directa (aquello que Marx bautizó como acumulación originaria). Por otro, esta dominación forzosa es justificada a través de una legitimación supremacista, que además acaba configurando, con el paso de las décadas, ahora ya siglos, una naturalización biologicista de los condicionantes material-culturales que permiten la legitimación y la reproducción de subjetividades.
Si antes, en las primeras disertaciones del texto, hemos hablado de configuraciones culturales (como el local temporal) sobre el tiempo para así romper con el realismo capitalista; en esta segunda parte quizá debemos preguntarnos por las formas materiales que configuran esa percepción temporal.
La acumulación originaria de la que Marx nos hablaba describía cómo las propiedades agrícolas de los campesinos en el feudalismo más tardío fueron expropiándose por la fuerza, pasando a manos de los burgueses o los estados, que finalmente controlaron los burgueses también, configurando un régimen de propiedad privada capitalista. Sin embargo, cuando intentamos comprender el surgimiento de la cibernética, en ocasiones cuesta más ver este mismo proceso.
No obstante, la acumulación originaria sobre la tecnología cibernética también ocurrió. Desde la compra de patentes hasta la configuración de monopolios como las Big Tech, todo se configuró sobre un proceso de violencia y expropiación forzosa de la tecnología digital.
Que la infraestructura digital-industrial esté en manos, de nuevo, de los capitalistas, ha configurado nuestra percepción temporal desde la forma. No es nada nuevo lo que describimos: en la primera acumulación originaria, los campesinos se vieron desplazados de las zonas rurales a las fábricas. Su espacio cambió, pero también su percepción del tiempo.
Podemos llegar a pensar que obviamente el paso del feudalismo al capitalismo supuso un cambio en el espacio-tiempo gracias a la invención del ferrocarril y los coches, inventos que cambiaron la orografía móvil de los humanos. No obstante, quizá el cambio más radical sobre la percepción temporal fue la naturalización de la productividad en la vida cotidiana del proletario en la ciudad. La jornada laboral y los tempos del trabajo fueron, en primera instancia, aquello que configuró una línea pasado, presente, futuro tal como la conocemos ahora, donde el tiempo quedó atrapado en la relación social capitalista. En otras palabras, el tiempo se nos arrebató a la mayoría de la población del planeta.
En ese cansancio fordista que configuraba jornadas de al menos 40 horas y dejaba ciertos huecos mínimos para la reproducción y el cuidado (que recaía y recae principalmente en las mujeres) y el ocio basado en el consumo capitalista, se gestó ese sujeto alienado que Zygmunt Bauman nos describió ya entrado el postfordismo en su ensayo Vida Líquida (2006). A través de estas formas industriales de organización del espacio y el trabajo se fue vertebrando una reconfiguración aún más drástica a través de la cibernética. Transformándonos en los que ahora somos.
¿Qué efectos podría tener la configuración de una tecnificación comunicativa planetaria en sujetos supeditados al capitalismo? Los debates aquí son más complejos de lo que a simple vista puede aparentar. Ya que gracias al surgimiento de Internet y las redes sociales vimos la configuración de movimientos de resistencia como el 15M en España. O los más recientes levantamientos de la Gen Z en lugares del denominado sur global.
No obstante, el secuestro del tiempo por parte de los algoritmos de las Big Tech es una obviedad. Así como el control de las organizaciones y la violencia panóptica que han ido construyendo (véase, por ejemplo, el caso de Palantir). Efectos como la hedonia depresiva, que nos somete a un circuito cerrado de insatisfacción estructural, placer paliativo a través del mercado y vuelta a la insatisfacción, así como la impotencia reflexiva debido al scroll, son ejemplos de cómo el diseño del ciberespacio configura nuestra posibilidad de actuar temporalmente.
En su libro Infoxicación. Identidad, afectos y memoria; o sobre la mutación tecnocultural, Margot Rot reflexiona sobre cómo la memoria y sus cambios dentro de la cibercultura surgida en Internet han afectado a nuestra percepción temporal. De hecho, no es casualidad la vuelta de ciertas personas a lo analógico, como los álbumes de fotos, donde conseguimos extraer parte de nuestra memoria de un ciberespacio configurado en su mayoría por y para el capitalismo. No solo el secuestro de las subjetividades temporales, sino la identidad y su famosa fragmentación está servida en bandeja a través de la mercantilización porosa que la cibernética le ha permitido realizar al capitalismo. Bien como Margot afirma:
El mito de la cancelación del futuro que acosa nuestro tiempo y la disposición sistémica de lo laboral que empapa todos los resquicios de nuestras existencias fragmenta nuestra experiencia identitaria, cuando no la aboca a la disolución. En estas circunstancias socioeconómicas emerge la literatura del Yo que se problematiza y que parte, eminentemente, de la contradicción. La contradicción que supone formar parte de una época en la que, al mismo tiempo que se exalta la identidad, se la socava. La contradicción que supone existir y no existir al mismo tiempo (Margot, 2023; 81).
Por tanto, el tiempo, tanto en cuanto ente hauntológico; es decir, una fuerza que sopla vientos de estructuras ya existentes, como en cuanto ente hipersticional; una fuerza que configura la construcción o el derrumbamiento de lo viejo y lo nuevo, es un campo de disputa. Si nos trasladamos a la tesis gramsciana de la organización de la cultura, como Manuel Romero argumenta en su libro con el mismo título, deberemos entender que las ideas no caen del cielo, y que la configuración de cómo sobrevivir a este colapso temporal empieza por disputar cada mota de polvo que recorre nuestra pupila bajo el falsamente eterno capital.
Bibliografía:
Bauman, Zygmunt (2006). Vida Líquida. Editorial Austral.
Fisher, Mark (2018). Lo raro y lo espeluznante. Alpha Decay.
Le Guin, U. K. (2020). «La ciencia ficción y el futuro». En: Ciborgs, zombies y quimeras. La cibercultura y las cibervanguardias. Holobionte Ediciones.
Romero, Manuel (2026). La organización de la cultura. Una relectura radical de Antonio Gramsci. Editorial Siglo XXI.
Rot, Margot (2023). Infoxicación. Identidad, afectos y memoria; o sobre la mutación tecnocultural. Editorial Paidós.